Una Mirada al Mundo Portugués

 

                                                                           

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Al este del paraiso

Escrito por 

No es un camino, sino un redescubrimiento de la isla.

El viaje que propongo es que dejemos el frondoso paraíso de la isla y entremos en el seno de la piel reseca de la montaña que nos llevará al extremo más oriental de la isla de Madeira, la Punta de San Lorenzo. Un nombre que proviene de la leyenda  que proclama que es el nombre de carabela del descubridor João Gonçalves Zarco. Es un viaje que muestra los misterios del origen volcánico de la Madeira. Lo primero es lo primero. La ruta comienza en Caniçal, a nuestra espera está una pequeña casa móvil que hará las delicias de los más adictos al café. La aventura comienza. Vemos el largo camino estampado en la roca por los miles de pasos que han marcado esta geografía durante siglos. Nos esperan cuestas que deslizan hasta un mar tan azul que embriaga la mirada. Rocas cortadas por el viento, con restos de otros tiempos, podemos ver la evolución del planeta en sus diferentes capas. Es como un viaje a un mundo prehistórico.

El tiempo comienza a correr con el viento, y aquí estamos en el cinturón de la isla, Punta del Castillo y el mar que nos rodea a ambos lados, es como un istmo estrecho que con buen tiempo nos permite detectar la isla de Porto Santo. Falta y sólo tendrá que estar al tanto de las pequeñas piedras sueltas, a pesar de que han puesto pequeñas cercas en algunos puntos. Seguimos nuestro camino. En los recovecos de la montaña, alejados del sol abrasador vemos pequeños grupos de caminantes que disfrutan de este oasis para descansar y tomar fotos. Seguimos el camino trazado por miles de anónimos, cuando por fin vimos una palmera y una edificación de piedra es la casa de la Sardina, el nombre se quedó, el propietario no. Todo este territorio es una zona protegida por su flora y fauna endémicas y de interés geológico. A lo lejos se puede escuchar a las gaviotas. Nos acercamos a la bahía de Abra. Es una especie de grieta en un acantilado que termina con un tramo de escaleras, un pequeño escondite en el que esperamos un baño bien merecido. Es el momento de temperar fuerzas con un almuerzo bien merecido y disfrutar de las cristalinas aguas que nos permiten ver el fondo salpicado de basalto. Tiempo de volver de la misma manera, pero a la inversa, no hay otro acceso peatonal. En el camino, hacer una parada de la Cada de sardinas para hablar con los supervisores de la naturaleza y  en el horizonte profundo vemos la cebada y el faro de la isla, sólo se pueden acceder estas rocas por mar. Valió la pena el duro paisaje que nos atormenta, la visión de un mundo perdido y el océano, siempre el océano.

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