Una Mirada al Mundo Portugués

 

                                                                           

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El vintén de la pimienta

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Es un símbolo de la nación de los descubridores y como tal es uno de los monumentos más visitados de Portugal.

El monasterio de los Jerónimos fue erigido por la gracia de Su Majestad Don Manuel I, rey de Portugal, para demostrar el poder de su rama dinástica, en la entrada del puerto, donde las carabelas fondeaban a la llegada de nuevos mundos conquistados por los portugueses. Perdón, encontrados por los portugueses. Ha saber que la construcción de este monasterio fue pagado con una taja llamada vintén de la pimienta, lo que representaba el 5% de los ingresos del comercio en África y en el Oriente, 70 kilos de oro por año. Una cifra astronómica para la época. Y donde había un símbolo de poder, también había la cruz de Cristo, ya que fue también un lugar de oración, los monjes de San Jerónimo, de ahí el nombre, que rezaron por el alma del soberano, la familia real y todavía prestaban apoyo espiritual a la gente de mar.

De este pasado dorado de la historia lusitana quedo sólo el Panteón de Reyes y las tumbas de dos de las figuras claves de la época, el capitán Vasco da Gama, que descubrió la ruta marítima hacia las Indias y el poeta Luís Vaz de Camões, que describe magistralmente en verso la epopeya portuguesa, ambos descansan en las alas laterales de la entrada de la nave de la iglesia. Lo que nos atrae en este edificio aparte de la belleza estética de su fachada y su interior es su decoración intrincada tallada en piedra, nos refiere a estos nuevos mundos, nuevas especias, nuevas plantas, animales exóticos, los símbolos de los marineros, todo lo que nos hace recordar a los descubrimientos portugueses, en lo que más tarde se conocería como manuelino. El monasterio de los Jerónimos llegó a nuestros días como un ex-libris de esta nación aventurera que se lanzo en aguas pobladas de monstruos legendarios y sirenas encantadas buscando otros lugares, otras culturas y por supuesto la tan codiciada riqueza que el reino ambicionaba para sus arcas exiguas. No parece por fuera, pero es un monumento dantesco dentro, en sus claustro encierran jardines, donde se respira la tranquilidad tan deseada por los monjes para la oración y la meditación espiritual, que en mi humilde opinión, debía ser muy difícil de obtener ya que una persona se "pierde" en la contemplación de la tracería de arquitectura que decora las bóvedas. Lo que siempre me fascino de estas visitas que como yo, algunas de las personalidades más majestuosas e importantes del reino, caminaran por estos mismos pasadizos y a pesar de que ya no están presentes, han dejado su huella en estas mismas piedras desgastadas por el tiempo.

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