Es un viaje de ficción por la vida de una de las sufragistas más importantes en la historia de la República Portuguesa
Nacà el 18 de abril de 1878, en Guarda, mi madre me dijo más tarde que apenas salà de su vientre deje de respirar por dos veces y a la tercera abrà bien los ojos, parecÃa querÃa tragarme el mundo y me ha dicho que era un mal augurio para una mujer. Ella pensó, esta me va dar mucho trabajo. Desde que me conozco como gente siempre me aferre a la vida con uñas y dientes, nunca satisfecha con el destino de la mujer que debe obedecer a su marido y servir sólo para mantener la casa y los niños. Deseaba más. Encontré mi destino en los libros. Entré en la escuela de medicina y cirugÃa de Lisboa con apenas 18 años y terminé mis estudios en 1902 para orgullo de mi padre y una cierta consternación de mi madre que pensaba que ser médico, no era honorable para una joven señorita. Para disipar sus temores, me casé con mi primo y compañero de muchas correteadas infantiles, Januario Barreto, en el mismo año como habÃa prometido. Mi marido a diferencia de otros, nunca me ha impedido ser quien era, todo lo contrario me conocÃa mejor que nadie, éramos compañeros en la vida y en la profesión. Él fue un gran republicano de cuatro costados y la pasión e intensidad con que defendió la causa, la pasó para mà de forma natural. Me unà sin dudarlo.
Fui la primera mujer en dar consultas médicas y operar en el Hospital de San José y añado que honestamente no fue fácil ser aceptada. Mis pacientes en el primer dÃa se negaran a ser atendidos por mÃ, los hombres en particular, era lo que le faltaba desnudarse delante de una dama, gritaban por los pasillos. Las mujeres, después de la sorpresa inicial, daban las gracias a Dios por estar con alguien que entendÃa y sabÃa lo difÃcil de la vida, se sentÃan más a gusto. Y fue este amor y la comprensión de mis pacientes que me hizo elegir la especialidad de ginecologÃa. Al año siguiente, mi hija MarÃa nació y a pesar de mi alegrÃa inicial, Januario se quedo enfermo, vÃctima de tuberculosis, pase semanas junto a su cama, mirando por encima de él, en busca de nuevos tratamientos en la literatura que podrÃa salvar el amor de mi vida y padre de mi hija, en vano. El 25 de mayo 1910 exhaló su último suspiro. Pensé que me quedarÃa loca. Qué iba a ser de mà una viuda con una hija en sus brazos? Adelaide vino a mi rescate, siempre sensata y práctica, me dijo lo siento, pero que no valÃa la pena perder más lágrimas, tendrÃa que arremangarse y luchar por un mundo mejor para mÃ, para ella, para mi hija y para las mujeres pobres que atendÃamos a diario en el hospital, también en memoria del gran hombre que habÃa sido mi marido. Por lo tanto, me ayudó a fundar la Liga de las mujeres republicanas en Portugal, donde fui vicepresidenta y todavÃa era muy activa en la asociación de mujeres portuguesas, en la que también me orgullo de haber participado. Ofrecà mi tiempo en retirada de mi familia y mi salud para defender en lo que creÃa y hubo momentos de desaliento, pero nunca retrocedà ante el choque de ideas y prejuicios que predominaban en la sociedad en general. El 28 de mayo de 1911, con censo número 2513, después de años de lucha en la que reclamamos el derecho a voto, que inicialmente estaba vetado, y debido a un vacÃo en la constitución aprovechado por el juez y el padre de Ana Castro, Baptista Castro, fui la primera mujer a votar en Portugal y Europa. Esto sólo podrÃa haber ocurrido en nuestro paÃs. Fue una excepción. La ley fue modificada posteriormente para evitar el voto femenino. Canallas! El primer paso fue dado. Esto me la llevo yo! La primera batalla está ganada, de hecho hay que ganar la guerra, bueno si nos abren la puerta al menos no nos pone en la calle. Lamentablemente, tanto esfuerzo de mi parte tuvo un efecto y en julio de este año, confesé a un amiga que he trabajado duro todo el dÃa para discutir, para pensar, asà que tengo un cerebro en constante punto de ebullición, después perÃodos de cansancio y fatiga como nunca. Si sigo asà tengo el consuelo de haber vivido demasiadas cosas demasiado pronto. Y asà fue. No podemos escapar al tiempo. Mi hora se acercaba y cuando menos esperaba, mi corazón me traicionó. Se detuvo. El 3 de octubre de 1911. Está bien, otras más vendrán después de mà para seguir la lucha. Lo único que lamento es no estar viva para ver ese dÃa.
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