Caminamos hacia la ciudad. Es como un viaje en el tiempo, casas colgadas arcos centenarios que nos llevan por los refrescantes pasillos hasta la plaza de los olivos con sus terrazas plenas de colores , de personas que alegre y ruidosamente charlan entre un curto y una cerveza. Justo enfrente de la iglesia con el mismo nombre está el padrón Salado, un punto de encuentro para amigos y amantes. Todo el mundo sabe dónde está. Nos dirigimos a través de la multitud a otra plaza, de nombre Santiago. Es espaciosa, las piedras son salpicadas por los vibrantes colores de las macetas llenas de flores y por el tono de sus fachadas. Esta es también la ciudad de los mil parques. Do Pevidém. Da Quintã. De Insua. El Selho. Da Ponte. De las Huertas y por supuesto de la Ciudad. Y de un único y bucólico jardín, llamado Carmo. Debe ser la más verde en todas las metrópolis de Portugal, había dicho que se puede respirar aire puro? Sí, ya se, se me olvidó. Perdonen mi insistencia!
El monasterio de San Torcato es el escenario de grandes celebraciones en esta ciudad de Miño. Aquí es donde se celebra la fiesta del primer año, el del 27, ya que ocurre en febrero. Los festejos atraen a miles de forasteros que quieren estar en este lugar santo por la bendición de los animales y por sus aguas curativas de muchos males. La alameda Dr. Francisco Pimenta es la ventana de la ciudad industrializada. De edificios modernos y del estadio que lleva el nombre del fundador de la nación. Se trata de la periferia que consume el paisaje montañoso que todavía insiste en salpicar los recovecos de los edificios. Es el mundo de los hombres que poco a poco se va ganando el pie de la montaña. El frío baja en la puesta de sol. Es tiempo de salir. Una última mirada a las paredes que anuncian el final de este viaje con sabor de historia. Adiós Guimarães centenario. Hola capital de la cultura 2012.




