
Seguimos de frente, porque ese es el camino. Dos damas elegantes brindan con su esbelta figura elegante y a la vuelta de una esquina sin un número vemos un proyecto, un muro decorado con extrañas entidades, como salidas de una caja de Pandora. Son la" locura" de los invasores que intervienen artísticamente en las fachadas de la ciudad, dándoles una nueva vida. Un nuevo orgullo. Como los ojos de los que viven aquí que demuestra una nueva vanidad al dar la bienvenida a la gente de todo el mundo, un lugar donde una vez se vivió la tristeza y el abandono. Una parada más en Doña Chica Rabo de Peixe para calmar la garganta reseca de tanto caminar sin descanso y recargar sus baterías con líneas de poesía. Continúa el recorrido artístico hasta la puerta número 97 decorado con muñecos de masas tradicional de Madeira, pero en la esquina en frente a una elusiva hermosa mujer parece disfrutar de nuestra visita con lo que parecer ser un beso. Hemos superado los mimos y llegamos a la recta final de nuestro viaje, el 107 representa la metrópoli de colores, tal vez la ciudad soñada, por oposición, una sirena mítica explora el horizonte de los mares turquesas de la isla. El mar, el océano eterno interpretado por la piedra gris, con su carabela confundida en la cantería de una portada sin un número. Al final somos nuevo sacudidos por los colores brillantes de la tienda moderna de surf omni en la dirección opuesta, un recordatorio ilustrado de los tiempos antiguos, en el número 118, se encuentra la interpretación personal de una tienda de comercio tradicional, donde éramos recibidos por el nombre y que al final de cada visita devolvíamos la delicadeza con un hasta mañana y que Dios le pague. Ahora nos despedimos, no con hasta breve, pero con un abrazo a las puertas abiertas de José María y a todos los soñadores que hicieron con el este viaje por las calles de la ciudad.




