
Es una de las zonas más idílicas del sur de Portugal.
El ruido de las turbinas anuncia la salida del ferri hacia la península de Troya y de todos los cruces que hice este es el más suave, más silencioso y más curto que yo he hecho. Flota una brisa con olor salado del mar mezcla con el combustible del buque. En la popa, poco a poco vamos dejando para atrás el pelotón casas de Setúbal y pronto nos encontramos rodeados por el mar. Al fondo avistamos un pequeño istmo que se hace anunciar. Es Troya, que puede ser visto en compañía de su nueva arquitectura que se eleva hasta el infinito. Anclamos cerca de la muy blanca y muy codiciada arena. Somos atrapados por el caos causado por la ansiedad de la llegada, hacia nuestro destino. La vegetación es escasa en la península, hay apuntamientos de verde de la naturaleza que acompañan los pasadizos de madera vieja, que pisamos hasta el mar. A nuestros pies se encuentra una lengua de arena blanca que nos invita a un mar turquesa. Las olas deslizan suavemente sobre la costa, apenas las sentimos cuando acarician la piel, las aguas azules están salpicadas por velas blancas poco a poco desaparecen a la merced de la corriente. En el horizonte de repente se rompe con las montañas, la Arrábida salvaje bofetea nuestra mirada. Se desvanece la tarde. La noche trata de perseguir a los últimos rayos de sol. Es hora de disfrutar de esta caricia templada antes del atardecer, acompañada por un moscatel dulce que nos hace revivir los recuerdos. Me acuerdo de mi primera visita.

La península de Troya ha sido siempre un punto de encuentro de varias generaciones, de los lazos que se han creado durante largos años entre desconocidos que pasaran a ser amigos del verano. En esos momentos de gran complicidad en que había espacio para la vida familiar entre personas de todos los rincones del país. Todos se conocían entre sí, todos ansiosos por el mes de Agosto, las confidencias y el intercambio en los pasillos de los edificios coronados con nidos de golondrinas. Las grandes torres abandonadas, símbolos arquitectónicos de la decadencia, todavía estaban estampadas en el paisaje. Pero a partir de la demolición todo cambio. Ahora se instalaran en la pequeña espécie de isla complejos turísticos de lujo, los más antiguos lamentos el paraíso perdido de los remediados, ahora es invadido por las hordas de ricos, por muros y comunidades cerradas que no existían antes. Se dice en susurros ocultos por el ruido de las olas, que nadie se conoce. Son todos turistas. Apenas eso y la añoranza de otros tiempos aprietan, pero de pronto se olvidan, les llama el mar, y también ha llegado nuestro momento de partir. Hasta el otro día, dulce Troya!